

A medida que se agudiza la tensión entre la tiranía kirchnerista y los justicieros reclamos del campo, de dos argumentos centrales pretende servirse el Gobierno para convalidar sus atropellos. Por el uno, se insiste en el carácter democrático del Cristinato, surgido a ojos vistas de las urnas apenas un semestre atrás. Tal carácter le imprimiría no sólo legalidad y legitimidad sino sacralidad intangible, pues ya se sabe que para el mundo moderno cada voto es un gramo de maná. La argucia segunda –dirigida a conmover las tripas antes que el seso- consiste en proclamar que así las cosas, como el Estado las manda, quedaría asegurada "la mesa de los argentinos". De consentirse en cambio los pedidos agropecuarios, alejaríanse de nuestras tablas los bizarros choripanes y el soberano locro, jamás rendidos al universo diet.
Ninguna verdad contiene la enunciación oficialista. El sufragio universal es la mentira universal,enseñó para siempre Pío IX; y la soberanía del pueblo una máscara totemística, según el Kelsen que se olvidó de leer la profesora de soja.
Ante los gravísimos hechos que se están desencadenando, y que han destruido toda concordia social, tornando imposible la más elemental vigencia del bien común; y ante la penosa confusión generalizada, signo trágico de la hora que nos toca protagonizar, parece pertinente emitir un par de aclaraciones elementales:

La perseverante y legítima resistencia del campo argentino ha puesto en evidencia un haz de significativos hechos, cuya entidad debería convertirlos en objeto de otros tantos análisis políticos, si contáramos aquí con el espacio y el don adecuado para ello. No tendría que pasar inadvertido, por ejemplo, el contraste entre la explícita devoción mariana de los ruralistas, frente a la impiedad igualmente manifiesta de sus impugnadores oficiales. Ni los escandalosos oropeles y arrebatos de la prima fémina, confrontados con la paisana austeridad de aquellos a quienes de oligarcas se califica. Ni el enarbolamiento unánime de banderas patrias en los actos agrarios, contra el torbellino inmundo de jirones rojos en las turbamultas rentadas del poder gubernamental.
Un federalismo naturalmente tradicionalista se intuye en las acampadas campesinas a la vera de los caminos. Una servidumbre a los planes usureros de los lobbies yanki-sionistas se respira malolientemente en la Casa Rosada.

Se trata de una obra sin precedentes en la historiografía argentina, cuyo propósito es registrar en forma técnicamente minuciosa todos los impresos aparecidos en la Argentina y el Uruguay en la época de Rosas (libros, folletos y hojas sueltas). Es una obra indispensable como fuente para la investigación en temas de historia política, diplomática, económica, religiosa, cultural, etc. Este primer volumen abarca los años 1830-1831 y viene acompañado con un DVD que reproduce en su totalidad las 482 piezas registradas en el libro.
Precio en rústica: $ 100,00 - Precio en tapas duras: $ 130,00.
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“Desde el primer momento que los vi supe que eran mis hijos.
Bajaban enmalonados y disfónicos de colectivos y camiones, rodeados de rostros que eran un solo rostro atrabiliario o convulso. El vale para alguna vitualla extra por haberse movilizado a medianoche, les asomaba por los bolsillos, veteranos de plusvalías. Los gritos se les hacían babaza entre las comisuras, y corrían por las calles golpeando a tamberos y tractoristas, cosechadores y sembradoras, señoras con críos y jóvenes trabajadores, todos los cuales –como se sabe- son la oligarquía vacuna.